Se dice que en Valladolid se habla el castellano más puro o neutro de España, pero nuestra lengua tiene un recorrido fascinante y lleno de matices. Para comprenderla, hay que retroceder más de mil años.
Todo comenzó en el siglo X, durante la Reconquista. Monjes dedicados a la copia y estudio de manuscritos en latín comenzaron a hacer anotaciones al margen de los textos con las primeras palabras en castellano. Estas pequeñas glosas, conocidas hoy como las Glosas Emilianenses, representan los primeros vestigios de nuestro idioma. Poco a poco, latín y castellano empezaron a mezclarse, dando forma a una lengua que iba a consolidarse con el tiempo.
Avanzamos al siglo XIII, cuando Alfonso X, llamado “El Sabio”, decidió que la lengua de los documentos oficiales debía ser el castellano y no el latín. Con esta decisión, Toledo se convirtió en la capital de la lengua castellana, y se sentaron las bases de lo que hoy conocemos como español. Esta iniciativa permitió que la lengua comenzara a organizarse y a difundirse de manera más uniforme, sentando las bases de su prestigio cultural y administrativo.
En 1492, año clave en la historia de España, mientras la Reconquista llegaba a su fin y Cristóbal Colón cruzaba el Atlántico, Antonio de Nebrija publicó la primera gramática del castellano, la primera de cualquier lengua europea. Su obra no solo definió reglas y normas, sino que también elevó el castellano a la categoría de lengua culta, capaz de ser estudiada, enseñada y difundida más allá de nuestras fronteras.
Durante el Siglo de Oro, escritores como Miguel de Cervantes y Lope de Vega consolidaron la riqueza literaria del castellano. Obras maestras como El Quijote demostraron la flexibilidad, la expresividad y la capacidad del idioma para reflejar la complejidad humana, convirtiendo al castellano en una lengua de prestigio universal.
Hoy, el español se habla con múltiples acentos en todo el mundo, y en Valladolid mantenemos rasgos únicos que nos distinguen. Aquí, palabras y expresiones cotidianas revelan nuestra historia y forma de ser: llamamos “hijo” a alguien que no lo es, los portaminas son “lapiceras”, las zapatillas son “playeras”, y vamos a clase con el “carpesano”. No nos dejamos las cosas olvidadas; nos las prestamos. Donde otros podrían olvidar algo, nosotros nos lo “quedamos”. Además, nuestra lengua conserva rasgos leístas, un detalle lingüístico del que estamos orgullosos.
El castellano de Valladolid, lejos de ser completamente “neutro”, es un idioma lleno de historia, cultura y peculiaridades que nos hacen únicos. Cada palabra, cada matiz, lleva consigo siglos de evolución y tradición, recordándonos que el lenguaje no es solo un medio de comunicación, sino también un reflejo de nuestra identidad.